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Cuento popular, anónimo,
del Sur de Los Estados Unidos de
América. Este cuento,
narrado a toda una generación de
infantes posiblemente de finales del
cuarenta y cincuenta, fue
prohibido de las escuelas por
considerarse racista. No
obstante lo publicamos en este
Sitio por considerarlo
bastante original, y además permite generar
sanas discusiones respecto al
déficit de atención.
Especialmente porque somos
muchos, toda una generación a
quien nos fue contado y que solo
percibimos el amor y el humor de la historia,
por lo que es buscado con nostalgia.
En lo personal, motivó en mí un
extenso mundo imaginario que me
llevó a escribir una versión "mejorada",
rescatando al personaje como ser
espiritual, y el humor del
olvido.
En la versión
"Epaminondas entre memoria y
olvidos"
se profundiza la
simplicidad espiritual
del
personaje, como una forma de
asumir la vida.

Había
una vez, en un lugar llamado
Luisiana, una buena mujer que tenía un solo hijo.
Cuando
nació el niño, la madre, en
vista de que no podía darle
nada mejor, decidió darle un
gran nombre y por eso le puso
Epaminondas,
que es el nombre de un general
griego que ganó dos batallas.
Epaminondas, que era un
niño moreno,
estaba muy orgulloso de llamarse
así. Epaminondas visitaba muy a
menudo a su madrina, otra buena
mujer que vivía lejos del pueblo
y que siempre le hacía algún
regalito.
Un día le
regaló un trozo de bizcocho muy
tierno, doradito y que olía a
gloria.
Estaba
recién sacado del horno.
—¡Cuidado,
no se te caiga de las manos,
Epaminondas! —le dijo la
madrina.
—No se me
caerá madrina; te lo aseguro
—respondió Epaminondas.
Y apretó
tanto, tanto, el trozo de
bizcocho en el puño para que no
se le cayese, que cuando llegó a
su casa sólo llevaba en las
manos un puñado de migas.
—¿Qué te ha
regalado tu madrina,
Epaminondas?
—Un trozo
de bizcocho —respondió
Epaminondas.
—¡Un
bizcocho! ¡Válgame Dios!
—exclamó la madre al ver las
migas.
—¿Pero qué
has hecho del buen sentido que
te di al ser nacido? Así no se
llevan los bizcochos. Los
bizcochos se llevan como te voy
a explicar. Primero envuelves el
trozo en un papel de seda, luego
te quitas el sombrero, después
te pones el paquetito en la
cabeza y finalmente vuelves a
encasquetarte el sombrero. Así
el paquete queda sujeto entre
el pelo y el forro y tú puedes
volver tranquilamente a casa.
¿Has comprendido?
—Sí, mamá.
Días
después, Epaminondas volvió a
visitar a su madrina y ella le
regaló un pancito de manteca que
acababa de hacer con la leche de
sus ovejas.
Epaminondas la
envolvió en un papel de seda,
fino y limpio, se puso el paquetito en la cabeza, se
encasqueto el sombrero y tomó
tranquilamente el camino de su
casa.
Era verano
y el sol calentaba mucho y la
manteca empezó a derretirse y a
resbalarle por la cara,
de modo que cuando Epaminondas
llegó a su casa, la manteca ya
no estaba sobre su cabeza, sino
que le chorreaba por la cara y
por la espalda.
Su madre al
verle, levantó los brazos y
exclamó:
—¿Qué es eso que te
chorrea de la cabeza,
Epaminondas?
—La manteca
que me ha dado mi madrina, mamá.
—¿Manteca? ¡Válgame Dios!
¿Qué has hecho del buen sentido
que te di al ser nacido? ¿Es
esa manera de llevar la manteca?
La manera de llevar la manteca
es envuelta apretadita en hojas
de parra verdes, y a lo largo del
camino ir mojándola en todas las
fuentes o en el río, mojarla una
vez y otra y otra, así se
puede conservar fresca
hasta llegar a
casa. ¿Has
comprendido?
—Sí, mamá.
Al día
siguiente, cuando Epaminondas
fue a ver a su madrina, ésta le
regaló un perrito muy lindo.
Epaminondas lo envolvió con
mucho cuidado en hojas de parra
verdes, y lo fue remojando en
todas las fuentes, una vez y
otra y otra, así hasta que llegó
a su casa.
Cuando su
mamá lo vio llegar dijo:
—¿Qué
traes ahí, Epaminondas?
—Un
perrito, mamá.
—¡Un
perrito! ¡Válgame Dios!
¿Qué
has hecho del buen sentido que
te di al ser nacido? ¡No tienes
cabeza, Epaminondas! Los
perritos no se llevan así. La
manera de llevar un perrito es
atarle la punta de una cuerda al
cuello y tirar del otro extremo
hasta que se llega a casa. ¿Ves?
Así… ¿Has comprendido,
Epaminondas?
—Sí, mamá.
Cuando
volvió a visitar a su madrina,
ésta le regaló una pan recién
sacado del horno, crujiente y
dorado. Epaminondas le ató una
larga cuerda, puso el pan en el
suelo y, tirando de la cuerda lo
llevó hasta su casa como su mamá
le había dicho.
Su madre se
quedó mirando aquello que estaba
atado el final de la cuerda y
preguntó:
—¿Qué traes
ahí, Epaminondas?
—Un pan,
mamá, que me regaló mi madrina.
—¿Un pan?
¡Ay, Epaminondas! ¡Epaminondas!
¡No tienes sentido común ni lo
has tenido nunca! No volverás a
ir a casa de tu madrina. Iré yo
y nunca más te explicaré cómo se
hacen las cosas, porque todo lo
entiendes mal.
A la mañana
siguiente, la madre se dispuso a
ir a casa de la madrina, y le
dijo a Epaminondas:
—Voy a
decirte una cosa, hijo mío. Has
visto que acabo de cocinar en el
horno seis pasteles y que los he
puesto en una tabla delante de
la puerta para que se enfríen.
Ten cuidado de que no se los
coma el perro ni el gato los
lama. Y si tienes que salir,
trata de pasar por encima de
ellos con mucho cuidado. ¿Has
comprendido?
—Sí, mamá.
La mamá se
puso su sombrero, tomó su
cartera y se fue a casa de la
madrina.
Los seis
pasteles, todos en hilera se
estaban enfriando delante de la
puerta, y cuando Epaminondas
trató de salir, miró bien cómo
pasar por encima de ellos.

—Un, dos,
tres, cuatro, cinco, seis
—fue
diciendo al mismo tiempo que
ponía los pies exactamente en el
centro de cada pastel
haciéndolos una pasta.
¿Y saben lo
que ocurrió cuando regresó la
mamá?
Pues, que
ni ella ni Epaminondas pudieron
probar los pasteles y, que
Epaminondas, al día siguiente,
no se podría sentar…
Todas las ilustraciones son
tomadas del cuento original
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